EMPATÍA
Un abrazo que nunca llegó
La melancolía, la tristeza y la angustia son señales de un desgaste emocional profundo. Cuando alguien atraviesa algo así, se ve obligado a buscar salidas, a intentar liberarse de pensamientos que pesan. Suena sencillo, pero no lo es. Todos, en algún momento de la vida, hemos sentido melancolía, tristeza o angustia. Hace cinco años pasé por esos mismos síntomas, que hoy recuerdo como un dolor que logré superar.
Ayer un amigo me contó que había fallecido un familiar. En ese instante regresaron a mi mente varios recuerdos de cuando yo también perdí a un ser querido… Y recordé que aquel día, al recibir la trágica noticia, sentí un desgarro dentro de mi ser, como si me arrancaran una parte de mí. Lo que los profesionales llaman “cortar lazos”. Pero no fue solo eso.
Aquel día que falleció mi padre. Lloré durante horas. Tenía que tomar un tren hacia Albacete, donde me reuniría con mi familia. En esos momentos, cuando empiezas a comprender que se ha ido tu padre, tu amigo, tu confidente, se mezclan emociones, pensamientos y recuerdos que llegan sin avisar. Aunque ya he hablado antes de su partida, hoy vuelvo a ese momento desde otro lugar, con una mirada más serena y consciente.
Quiero que sepan que pasé por este proceso, y que me hubiera gustado que en esos momentos hubiera habido alguien que me abrazara o me dijera “lo siento”. Pero no fue así.
Llevaba poco tiempo en Madrid y no tenía amistades. La única persona cercana era la señora con la que compartía la vivienda. De ella guardo un recuerdo silencioso y tembloroso. Cuando me dieron la noticia, no lograba hablar; solo sentía mareos y unas ganas inmensas de llorar. La señora del piso me preguntó: “¿Qué te sucede?”. “Acaba de fallecer mi padre”, respondí con una voz quebrada, apagada y melancólica. “Ah, asi mismo es”, fue lo único que me dijo. Pero yo me sentía mal. Quería apoyo, quería un abrazo, unas palabras de aliento… y no fue así.
Aquella noche no dormí. Y por la mañana salí a tomar el tren para reunirme con mi familia. Eran las 6:45 cuando sonó el teléfono. Era un primo de mi padre, que se había enterado de la noticia. “¿Qué ha pasado? Cuéntame cómo fue…”. En esos momentos no hay fuerzas para hablar ni para explicar lo que se siente. Lo único que uno desea es dormir, cerrar los ojos y no saber nada.
Al reunirme con mi familia, el cuadro fue desgarrador. Encontré a mis hermanos rotos. Recuerdo que todos vestían de negro. Lloraban, gemían de dolor. Parecía que la casa se había derrumbado con todos dentro. Hasta el aire se sentía de luto. He realizado este viaje para escribir este blog y compartir con ustedes una parte de mi vida.
Ayer mi amigo perdió a un familiar, e imagino cómo se encuentran todos en este momento. Porque el luto es igual para todos: no distingue raza, condición social ni creencias. Cuando un ser querido fallece, la vida se nos rompe en pedacitos. Y es ahí cuando uno comprende algo que solemos olvidar: la vida es tan frágil que puede perderse en cuestión de segundos. Un instante basta para que todo cambie, para que un antes y un después se marquen sin aviso.
También quiero mencionar a una persona que hace quince días compartió conmigo la pérdida de un ser querido, y ella, al igual que yo, solo necesitaba un abrazo, ella estuvo sola en esos momentos.
Qué importante es brindar apoyo en esos momentos. A veces, solo la presencia es suficiente. Saber que alguien está ahí… eso ya es mucho.
Y mientras escribo estas líneas, me doy cuenta de algo: el duelo no desaparece, se transforma. No se supera de un día para otro; se aprende a convivir con él. Se vuelve parte de uno, como una cicatriz que ya no duele, pero que te recuerda de dónde vienes y a quién has amado. El tiempo no borra, pero sí acomoda. Y en ese acomodo, uno encuentra un poco de sosiego.
Hoy entiendo que nadie está preparado para perder a un ser querido. No existe un manual, no hay una forma correcta de llorar, ni un plazo para dejar de hacerlo. Cada quien vive su proceso a su manera. Pero si algo he aprendido es que un abrazo, una palabra sincera o simplemente la compañía silenciosa de alguien pueden marcar la diferencia.
Y si alguna persona que está leyendo esto está pasando por un momento así, tengamos empatía. No cuesta nada ofrecer apoyo, escuchar, acompañar. A veces un abrazo, uno solo, puede sostener un alma entera.
https://youtu.be/oiZFF6NRDEs?si=gtgKXKYsYJL4iQ4m
Gracias por leer mi blog, los amo.
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